Pues ésta vuelve a ser una de esas crónicas desde la Pérfida que ya van siendo habituales en este blog. Invitada para la celebración del 40 cumpleaños de mi amiga, vuelvo a Dorset con la misión de comer en un restaurante que hasta ahora se nos había pasado por alto, el Hives Beach Café. Situado entre la pintoresca población de Abbotsbury y los acantilados de West Bay, se encuentra esta playa cuyo entorno y aquitectura no puede recordarme más a los cuadros marinos que Edward Hopper pintó de la costa de Nueva Inglaterra.
El Hives es un chiringuito de madera con carpa y terraza con vistas al mar que se sitúa en una pequeña playa: la comida, básicamente pescado y marisco local recién pescados, están cocinados con un mínima intervención para que predomine la materia prima sobre la elaboración. Nosotros tomamos un sopa de pescado especiada soberbia, muy distinta a las que podemos comer en el Mediterráneo, un buey de mar, y una lubina salvaje sobre un lecho de espárragos marinos que era un portento, y el mejor carrot cake que haya probado nunca con un intenso sabor a azúcar moscovado.
El día que nos acercamos allí, el espectáculo del oleaje era digno de un cuadro del pintor romántico Caspar David Friedrich, Sturm und Drang en estado puro: grandes olas se cernían delante de los espectadores improvisados que nos habíamos acercado a comer al Hives. En la fotos me véis intentando captar imágenes de la escena con el teléfono, seguramente éstas serán las primeras y últimas fotos que tengáis de la autora de este blog.
Para terminar esta feliz jornada, paramos en la histórica aldea de Abbotsbury e iniciamos una peregrinación hasta la iglesia de Saint Catherine donde las mozas suelen poner una vela para encontrar esposo. La iglesia se erige sobre un montículo en el que pacen tranquilamente las ovejas y desde allí se ve Chesil Beach en toda su extensión, una visión extasiante de la campiña inglesa con el mar de fondo. Si nos sabéis que hacer este verano, yo recomiendo estas tierras que nunca me canso de visitar.






